Febrero 2026
Los mercados emergentes (EM) han registrado una evolución sólida en los últimos 12 meses. En un inicio, el repunte parecía táctico: las valoraciones presentaban descuentos, el dólar estadounidense se debilitó y los inversores buscaban oportunidades más allá de un mercado estadounidense cada vez más concentrado. Pero la narrativa está cambiando. Lo que comenzó como un rebote podría estar convirtiéndose en algo más estructural, impulsado por los flujos de capital, la dinámica de divisas y un ciclo macroeconómico que favorece de forma creciente a regiones del mundo en desarrollo.
Las acciones estadounidenses representan ahora aproximadamente dos tercios de los índices bursátiles globales, un nivel de concentración extraordinario. Con asignaciones tan desequilibradas, incluso ajustes modestos pueden tener consecuencias significativas. Una reasignación de un punto porcentual fuera de la renta variable estadounidense puede traducirse en un flujo proporcionalmente relevante hacia los EM simplemente porque esta clase de activo es más pequeña. Lo que parece incremental en EE. UU. puede sentirse amplificado en otras regiones, tanto en los precios de las acciones como en las divisas.
La debilidad del dólar en el último año ya ha incentivado a los inversores a desplegar capital fuera de EE. UU., impulsando Europa, Japón y los mercados emergentes. Pero Europa y Japón llevan varios años de rally y sus posiciones parecen cada vez más saturadas. Los mercados emergentes, en cambio, solo han repuntado durante unos 12 meses. Las valoraciones siguen siendo relativamente atractivas y el posicionamiento de los inversores es todavía comparativamente pequeño.
También crece la inquietud —especialmente entre inversores europeos y británicos— sobre el riesgo de concentración en los activos estadounidenses. No se trata de una retirada generalizada, pero los cambios de cartera suelen empezar en el margen. Al mismo tiempo, los inversores estadounidenses responden a la misma señal de divisas: cuando el dólar se debilita, los activos internacionales resultan más atractivos en términos de moneda local. Motivaciones distintas están conduciendo al mismo resultado: un flujo de capital que rota gradualmente hacia el exterior. Si esta rotación persiste, los EM podrían convertirse en beneficiarios de beta más alta.
El argumento estructural va más allá de los flujos. Desde la pandemia, las economías desarrolladas y emergentes han seguido caminos de política económica distintos. Los mercados desarrollados mantuvieron durante más tiempo políticas fiscales expansivas y una postura monetaria acomodaticia, contribuyendo a una inflación persistente y reduciendo su margen de actuación. Muchos mercados emergentes, en cambio, endurecieron antes y con mayor contundencia.
El tipo oficial de Brasil, por ejemplo, alcanzó niveles en torno a los “mid-teens”. Varios bancos centrales de EM actuaron con decisión, logrando controlar la inflación antes. Como resultado, buena parte del mundo emergente dispone ahora de mayor margen para relajar la política monetaria si el crecimiento se desacelera, una flexibilidad de la que quizá carezcan los mercados desarrollados. Si la Reserva Federal comienza a recortar tipos, algunos bancos centrales de EM podrían relajar su política de manera más agresiva, creando espacio para sorpresas positivas de crecimiento. A diferencia de ciclos anteriores, cuando los mercados desarrollados y emergentes se movían en gran medida en sincronía, las trayectorias actuales parecen cada vez más divergentes. Los mercados desarrollados muestran características de final de ciclo y restricciones por la inflación; ciertas partes de los EM podrían estar en una fase más temprana de recuperación. Esa divergencia refuerza el argumento de que esto va más allá de un simple “trade” de valoraciones.
La inteligencia artificial (IA) sigue siendo la narrativa dominante en la renta variable global, y algunos inversores se preguntan si rotar fuera de EE. UU. implica renunciar a esta temática. En realidad, los EM ofrecen una participación diferenciada. Taiwán y Corea —los dos mayores mercados bursátiles emergentes— están en el centro de la cadena global de semiconductores. El impulso actual de beneficios ligado al hardware de IA pasa directamente por estos mercados, donde la escasez de capacidad y el poder de fijación de precios han favorecido su desempeño. En los últimos meses, algunos valores coreanos de semiconductores incluso han superado a los principales nombres tecnológicos estadounidenses.
China presenta una oportunidad más matizada. Aunque el sector inmobiliario y la industria pesada siguen presionados, las plataformas tecnológicas e internet de propiedad privada están construyendo un ecosistema doméstico de IA más acotado. Muchas de estas compañías combinan expectativas de crecimiento razonables con balances sólidos y retornos significativos para los accionistas mediante dividendos y recompras. A diferencia de ciertos segmentos del universo de IA estadounidense —donde crecen las preocupaciones por un exceso de inversión y valoraciones exigentes—, el ecosistema doméstico chino opera bajo dinámicas competitivas distintas.
La conclusión general es que diversificarse hacia los mercados emergentes no implica abandonar la exposición tecnológica; simplemente cambia su expresión. Al mismo tiempo, la selectividad es esencial, especialmente en China, donde la dispersión sectorial es elevada. Los resultados difieren de forma significativa entre empresas estatales, firmas privadas de tecnología, exportadores y compañías vinculadas al consumo interno. En este entorno, la gestión activa puede influir de manera material en los resultados.
Más allá de la tecnología, el gasto estructural global en defensa, resiliencia de infraestructuras y seguridad de las cadenas de suministro está beneficiando a las economías emergentes vinculadas a materias primas en América Latina, Sudáfrica y partes del Sudeste Asiático. Estos mercados estuvieron marginados durante gran parte de la última década, pero el repunte de los precios de las materias primas, la mejora en la disciplina fiscal y las tendencias de divisas favorables están reconstruyendo el impulso.
Persisten riesgos. Un repunte vigoroso del crecimiento estadounidense que fortalezca el dólar podría frenar o revertir los flujos de capital. Una corrección abrupta del ciclo de IA afectaría a mercados con fuerte peso tecnológico, como Taiwán y Corea. Una desaceleración global amplia presionaría a las economías orientadas a la exportación. La política comercial también merece seguimiento, aunque muchos mercados emergentes han diversificado sus cadenas de suministro en los últimos años, reduciendo su vulnerabilidad frente a ciclos anteriores.
En última instancia, la dirección del dólar estadounidense sigue siendo la variable central. Los ciclos de los EM han girado históricamente en torno a la dinámica de divisas, y esto sigue siendo cierto hoy. El reciente repunte comenzó como una respuesta táctica a descuentos en valoraciones y los primeros indicios de debilidad del dólar. El argumento estructural descansa ahora en pilares que se refuerzan mutuamente: el capital rotando fuera de un mercado históricamente muy concentrado en EE.UU., un dólar más débil que mejora las condiciones financieras de los EM y una divergencia macro y de beneficios que favorece a ciertas economías emergentes.
Para los inversores cada vez más incómodos con el riesgo de concentración y con los mercados desarrollados en fase tardía de ciclo, los mercados emergentes pueden representar algo más que un “catch-up” cíclico. Pueden señalar un reequilibrio más amplio del panorama de la renta variable global. Si el dólar sigue siendo favorable y las asignaciones continúan normalizándose, el menor tamaño de los EM podría amplificar el impacto. Esa combinación de flujos, valoraciones y amplitud de beneficios no ocurre con frecuencia. Cuando sucede, suele valer la pena estar expuesto.
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